Caracol
Este pequeño caracol va a servir hoy de comida para mi familia y para mi. Supongo que habrá mucha gente a la que comer estos pequeños animales les parecerá repugnante, como a mi me puede parecer repugnante comer saltamontes o gusanos (que me lo parece). En la zona de Valencia no es raro esto de comer caracoles, no se en el resto de España. Aquí, en las paellas suele haber unos cuantos caracoles que se convierten en motivo de riña familiar al repartirlos equitativamente.
Sin embargo, hoy el plato va a ser una caracolada (o caragolada), así que tengo en mi nevera una olla llena de caracoles, comprados en el Mercado Central de Valencia, esperando a ser calentados y devorados ávidamente. El proceso de preparación de este plato es un poco cruel: primero hay que lavar a conciencia los caracoles, después se introducen en un recipiente rebosante de agua en el que los pobres van a acabar ahogados, y para que no escapen, se pone sal por el borde. Luego se ponen a hervir con diferentes hierbas, hierbajos y alguna otra cosa, y están listos para comer.
En definitiva, el pequeño animal de la foto va a pasar a una vida mejor, sirviendo de divertimento culinario.









Ñam, ñam… Qué ricos. A mi en vivo sí que me dan un poco de asco, pero una vez descabezados y cocinados están buenísimos. Y lo de comer caracoles creo que es más o menos generalizado, ¿no? Como comer bígaros, vamos.
Estaban muy buenos. Y yo también creía que estaba generalizado en España, pero no tenía idea. Y bígaros… aquí no se comen mucho, la verdad.